Benarés. Mi Diario Vuelta al mundo
CAPÍTULO VII
Benarés: la ciudad del adiós
Antes de subir al tren me aprovisiono de una botella de agua para el trayecto y me dirijo a los lavabos de la estación. Entro y escucho unos angustiosos sonidos junto a la vía. Me asomo posteriormente a la vía para verificar lo que me temía: efectivamente se trata de centenares de enormes ratas que ocupan parte de la vía ferroviaria a modo de hogar y en la más repleta oscuridad. Aquí este tipo de odiados y temidos roedores están a salvo de todo peligro por parte del humano, no les hacen nada, incluso me enteré de la existencia de algunos templos en por el Norte de India en los que parte de sus inquilinos son enormes ratas de casta sagrada, que conviven junto a los devotos que las alimentan sin ningún temor incluso con los pies descalzos.
Al subir al tren la impresión no es la que me esperaba. Cierto es que son máquinas de hierro ya desfasadas y oxidadas pero me lo imaginaba mucho peor. Buscamos los asientos pertinentes y ¡sorpresa!: se encuentran todos ocupados a modo de literas, uno de ellos por una anciana.¡Cualquiera se atreve a decirle algo! Sin saber muy bien donde ponernos, de repente reclinan las literas para convertirlas en asientos y ya podemos colocarnos. En total somos unas 8 personas en el compartimiento. Junto a mí están sentados un farmacéutico y un ingeniero con los que converso e intercambio mensajes escritos sobre papel. El texto que ellos me dejaron decía concretamente “India, el mejor país del mundo” y algo así como buenos deseos a vuestra llegada, bienvenidos. Se nota que están orgullosos de su país. Me habla de la reencarnación y recuerdo una historia que leí una vez:
“Una niña india, al aprender a hablar, les dijo a sus padres que su nombre era otro y que había vivido en Estados Unidos, especificando localidad y dirección. Según ella, tenía tres hijos y les dijo sus nombres. Y más crecía, más hablaba sobre esta historia y mayor era su angustia de no estar allí. Investigaron y se enteraron de que dicha persona había fallecido poco antes del nacimiento de la niña, pero sus hijos eran ya personas mayores y estaban con vida. La niña fue trasladada al lugar, reconociendo todo lo que allí había. Uno de los hijos recordó que al morir su madre no les había dicho donde estaban escondidas sus joyas. Al hacérselo saber, la niña mostró debajo de que árbol del jardín, las había enterrado y al cavar en ese sitio, aparecieron.”
Doy algún pequeño recorrido por el tren pero es todo igual, gente y más gente metida donde pueden. Me pregunto si todos habrán pagado el ticket y si pagaron el mismo precio tanto los que ocupan un asiento ajeno como los que ocupan el suelo de los pasillos. Sigo pensando firmemente que los vagones son mejor de lo que me imaginé. Finalmente convertimos de nuevo los asientos en literas. Donde creía que había solo 4 camas, resulta que salen 2 más del techo que ni pensé. Ocupamos los respectivos lugares de reposo cada uno, con la mochila a modo de almohada por si las moscas. El trayecto hasta Benarés será de media jornada.
Nada más salir de la estación nos asaltan los conductores de tuk tuks al dar mi primer paso. Seguimos con las mismas, obviarlos educadamente hasta que nos damos cuenta de que estamos realmente alejados del centro y tomamos uno. Son sólo las 6 de la mañana y la calle esta repletísima de gente que va y viene en dirección al Ganges, el río sagrado de la India. Leprosos y apestados, brahmanes y opulentos, titiriteros y encantadores de serpientes, parias y jovencitas de piel tersa, pedigüeños, agonizantes: todos acuden a las aguas en una confusa masa. Allí se desnudan, lavan sus ropas, exponen sus vergüenzas, liberan sus pechos, dejan que sus túnicas se adhieran al cuerpo, meditan, cruzan las manos sobre el ombligo, pliegan y dislocan los músculos y las articulaciones en inverosímiles posturas de yoga, se afeitan, se cortan las uñas, se anudan el moño e incluso hacen sus necesidades. A cada segundo que pasa es más fácil perderse. Los roces de las mochilas con la gente que transita son frecuentes y algunos ponen caras enfurecidas, como si fuese intencionado. Lo comento entre risas mientras buscamos un nuevo alojamiento por calles más estrechas para evitar los atascos. Es la primera vez en India que tengo la sensación de haberme adentrado en ella, desde un punto de vista profundo y antagónico. Como dijo el escritor inglés Mark Twain “Benarés es más antigua que la historia, más antigua que la tradición”. Creo que jamás debe ser el primer destino a visitar en India. Es mejor dejarlo para el final, para apreciarlo realmente. A mi modo de definirla, y aunque suene duro, podría decirse que está ciudad sagrada y de peregrinación es, perdón por la expresión, “mierda con encanto”, ves todos esos seres olvidados y despreciados vagando sin rumbo, los continuos apagones, excrementos de vacas enormes en medio del camino, incineraciones de cuerpos muertos a centímetros de ti, ancianos esperando ansiosos la muerte,…, y todo esto rodeado y englobado por una palabra en mayúsculas: suciedad.
Mientras seguimos en la búsqueda de una cama que no aparece, un joven que se aprecia de nuestro sin saber, nos indica un hostal. Vamos a visitarlo para tomar una referencia. Nos instalamos finalmente en el Yogi Lodge, del que puedo dar uno de esos datos interesantes de recomendación para el viajero como que “tiene las mejores vistas de Benarés”,aunque la decoración y los materiales no estén precisamente a la altura de la vista. La ubicación es muy correcta, escasos 300 metros de la orilla del Ganges. Tiene un ático doble exterior con la función de restaurante desde el que se puede apreciar toda la ciudad y el río. Los huéspedes son en su mayoría jóvenes. Las habitaciones son de lo más sencillas, disponen de lavabos propios, pero ¡qué lavabos!; o le falta el agua a uno o está inundado el otro. El uso de chanclas se hace obligado si no tienes instintos suicidas. Una vez descargo el peso que cargué en mi espalda vamos a comer al ático. Pruebo el Chop Shuey, de sabor excelente y bonita presentación, será a partir de ese Chop Suey que me aficionaré, hoy es uno de mis platos favoritos cuyos ingredientes son pollo troceado, tofu, brotes de bambú, pimiento, champiñones, cebolla, zanahorias, soja, etc… El término Chop Suey quiere decir “mezcla de restos” y tiene su origen en la comida que se preparaban los chinos que, en Estados Unidos, trabajaban en el siglo XIX en la construcción del ferrocarril. Como siempre la comida más buena es aquella cuyos orígenes son de lo más humildes.
Salimos del hostal para visitar la ciudad y unos jóvenes comisionistas nos quieren dar a entender que es corriente acompañarles a su “supuesta”propia tienda de telas de seda. Rechazamos la oferta de visita por el momento y visitamos algunos de los famosos crematorios situados tras estrechas callejuelas repletas de puestos de comerciantes y, por supuesto, vacas, vacas de todos los colores y todos los tamaños. Diviso en la cercanía las humaredas de los cuerpos incinerados sobre los Ghats (las terrazas junto a escalones que descienden directamente al río, allí es donde los hindúes incineran a sus difuntos). El Ganges es un río sagrado, eso es indudable, pero también es un río contaminado. Para solucionar parte de ese problema se ha procedido a una solución anecdótica: soltar tortugas carnívoras con la finalidad de que digieran los restos de los cuerpos humanos que se dispersan por el río. Junto a los crematorios se contemplan una serie de habitáculos, allí es donde los ancianos sin recursos esperan a que les llegue la muerte. Es desolador. Nos cuentan que la espera se vuelve más dura en cuanto han conseguido el dinero suficiente para pagarse los kilos de leña necesarios para su cremación. El agradecimiento por parte de los ancianos a los que se les da ayuda es enorme, y la satisfacción de sus caras es algo que jamás podré olvidar. Les entrego unas 100 rupias, algo normal para los casos de espera extrema.Según me comenta un autoproclamado guía que se adhirió a nosotros, no se pueden hacer fotografías en está zona, aunque existe la posibilidad de realizarlas si se entrega una suma de dinero a la familia del difunto. Personalmente lo respeto, pero no comparto el entregar unos 10 $ a alguien que va a quemar a un familiar cuando a pocos metros hay gente esperando la muerte. A mi modo de ver es como sacar un beneficio particular de una desgracia. Serán 10 nuevos dólares ahorrados por no sacar las fotografías que me hubiese gustado realizar de la muerte conviviendo con la vida. Recorro posteriormente diferentes ghats contemplando la multitud de personas que se bañan en el río, sumergiéndose incluso. Veo también a algún fiel que no tiene reparos hasta en beber sorbos de la oscura agua.
A principios del mes de noviembre se celebra en Benarés el festival de Kartik Purnina (luna llena), una importante fiesta con la que hemos topado casualmente. Por la noche toda la zona cercana al río queda cubierta de diferentes lamparillas, bombillas y velas de lo más variadas, acompañadas de una plena y radiante luna llena. Las barcas que pasean por el río reclaman hasta 50 $ para ver el espectáculo de farolillos y fuegos desde las aguas. En ella flotan barquitas con millares de pequeñas velas depositadas en el río a modo de ofrenda.
A un par de horas para la medianoche regreso al hotel tras pasar junto al templo de Kashi Vishwanath, El templo tiene una torre dorada de 15 metros de altura para cuya construcción se empleó una tonelada de oro puro donada por un Maharajá. La entrada a éste templo dedicado al Dios Shiva no está permitida a los extranjeros. Termino el día cenando en la azotea del hostal ante la magnífica e iluminada vista nocturna de la ciudad junto al débil reflejo de algún fuego artificial que provocaría las risas del comité principal de pirotécnicos de Valencia.
Dedicamos el siguiente día a visitar la ciudad de forma más tranquila. Me doy cuenta de que la gente por aquí no está tan encima del extranjero como en el resto de los destinos. Caminando por las cercanías, los barqueros me van insistiendo en coger sus barcas. El problema para tomar un bote es que, al ir solo, el precio se multiplica si no hay más gente. Durante el día grande del festival, los precios se dispararon por la gran demanda que hubo y hoy que las barcas no se llenan, me sale caro porque no hay demanda ¡menuda paradoja! Un joven me hace una propuesta interesante; si tomo su barca: me deja el precio de una sola persona y no el de un grupo. Le deberé recomendar a alguien que conozca en señal de agradecimiento. El remero es amable y para su desgracia hoy no hay mucho trabajo, por lo que prefiere llevarme a mi sólo que quedarse esperando a grupos que igual no aparecen durante el resto de la tarde-noche. En el recorrido me explica que a primera hora de la mañana es posible, aunque difícil, ver la presencia de delfines rosados (de morro redondo, típicos del paso del Amazonas por Colombia y Brasil, y del paso del Mekong por Camboya). Al cabo de un rato nos cruzamos con otra barca y su dueño me regala una de las velas que flotan introducidas en pequeñas bases adornadas de minúsculos collares de flores anaranjadas. Al tomar la vela y depositarla en el río miro al hombre y me doy cuenta de que en realidad me la ha vendido y no regalado como había pensado de forma más que ilusa. Me la vendió desde un principio de una forma tan segura y rápida que la acepté casi sin pensar en que se debía pagar por soltarla. Para todo lo que sean ventas los indios son auténticamente genios del comercio: se te adelantan sin dejarte tiempo ni para reaccionar. Mientras nos alejamos de su barca me lo quedo mirando. Espero que no recoja la vela que me ha endosado para vendérsela a otro. Continúo la travesía por las tranquilas aguas hasta que desembarcamos frente a un crematorio y el barquero me presenta a la familia del difunto. Me comenta, como ya hicieron varios antes, que no se puede sacar fotos a menos que se negocie con la familia. Reconozco que por momentos me tentó la idea, no todos los días pasan ante tus ojos situaciones como está, estoy a escaso medio metro del cadáver, puedo diferenciar una pierna del brazo, ambos totalmente carbonizados. La familia del difunto ―por lo general un viejecito más bien anémico y desfallecido― lo transporta hasta el lugar de la cremación sobre sus hombros. Antes han envuelto cuidadosamente el cadáver en papeles, refajos y cintas de colores brillantes. El cortejo es grave, silencioso y desfila con lentitud. Por fin depositan el fardo con unción y le aplican fuego en varios puntos con la ayuda de unas largas varillas. En la operación intervienen todos: familiares, deudos, amigos del finado, incluso los niños. Es un ritual realizado desde hace miles de generaciones. Ni le falta ni le sobra nada, ha quedado así decantado en su aparente sencillez. A diferencias de nuestros protocolos funerarios de judeocristianos, este no asusta, no repele. Curiosa e inesperadamente ni siquiera el olor desagrada, como podríamos esperar. Estamos, en cualquier caso, a millones de años luz de los entierros occidentales, con su dulzona necrofilia, sus duros ataúdes y sus estribillos de pésame. En el mismo ghat en el que me encuentro, hay decenas de cuerpos totalmente envueltos esperando para la siguiente incineración, y junto a ellos, kilos y kilos de leña amontonada. Acabo de contemplar a la muerte como lo que es, algo normal y transitorio. Trato de sacar alguna fotografía de los crematorios desde la distancia pero no me quedan bien, es de noche, el motivo está alejado y no puedo sujetar bien la cámara en el bote. Me despido del joven prometiéndole mis más fieles recomendaciones por los servicios prestados.
Al día siguiente me dedico a pasear por el centro. Por las calles más transitadas hay cientos de tiendas de artesanías que merecen ser visitadas. Y es que Benarés siempre ha tenido fama por su artesanía. El trabajo delicado y minucioso en los saris (el vestido tradicional de las mujeres en la India), en las alfombras y en los objetos de madera es simplemente extraordinario. Todas las mujeres indias sueñan con ellos. Los tejedores locales fabrican seda que tiene demanda no solamente en la India sino también por todo el mundo. El detalle con que están fabricadas las alfombras de Bhadohi es comparable a cualquier alfombra persa o similar. Además, Benarés también es famosa por las Gharanas, familias que tienen por tradición la música clásica y por los instrumentos de música. Aparte de los saris y las alfombras de seda, también se pueden encontrar objetos de bronce, cobre, marfil, y de piedra trinchada, asimismo pulseras de cristal, juguetes de madera y de cera, obras de zari y joyas exquisitas de oro. Los lugares principales para ir de compras son City Chowk, Godoulia, Vishwanath Lane, Gyan Vapi, Thatheri Bazar, Dasashvamedh, Goldhar y Lahurabir. Todas las tiendas donde se vendan artículos pequeños para regalar o recuerdos del lugar, y que están licenciadas por el Comité de Turismo del estado de Uttar Pradesh son buenas para comprar cosas originales.
Estoy mirando absorto objetos en una tienda cuando se produce un apagón y permanece todo a oscuras durante unos minutos. Mientras permanezco en la más completa oscuridad me pongo a pensar en que éste es el único momento en la calle hasta la fecha, en el que he pasado totalmente desapercibido. Es un momento digno de apreciar, al principio te puede hace incluso gracia sentirte grande y especial, ser el foco de atención y generar las miradas de los demás pero con el tiempo se puede hacer insoportable si no te habitúas.
Antes de acostarme recuerdo la noticia que me ha dado mi querida madre: El Príncipe de España se casa con una periodista del telediario. No sé quien es y tampoco me importa demasiado, aunque pasa por mi cabeza la imagen de una presentadora que recuerdé haber visionado alguna noche en vela, desde mi mesilla de trabajo. Pero pronto me doy cuenta de que en vez de pensar en la cara de susodicha debería centrarme en espantar a un pequeño lagarto enganchado de la pared del cuarto.¡Esto es India!
















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