Katmandú
CAPÍTULO VIII
Katmandú; Tankas y bicicletas.
Salida a un nuevo país, Nepal, dirección a Katmandú a primerísima hora de la mañana. Me paso la mayor parte del trayecto asomado por la ventana, golpeándome la cabeza mirando un paisaje que se mantiene constante aunque con algo mas de vegetación. Las gentes y los poblados en los que paramos son muy similares. El autobús para en la frontera India y al recoger la mochila del capó, me doy cuenta que no está atada mi chaqueta. La reclamo pero no aparece por ningún lado. Será por el viento, me dicen, por una mano ajena, más bien. Así que ya no tengo chaqueta para el frío y estoy entrando en Nepal aunque, eso sí, tengo menos peso en la bolsa.
Rellenamos los trámites aduaneros (incluidos los 30 malditos dólares de la visa de entrada por echar una firmita). Contemplo en el formulario la posibilidad de entrada gratis, pero sólo si se permanece 3 días en el país, cosa imposible por las distancias a menos que lleves prisa y seas transportista.
Esperamos el inicio del nuevo día junto a otros mochileros, algunos ya mayores como una pareja de suecos con mochilas de época. Me dan cierta envidia, ojalá llegué a su edad para volver de nuevo. Hablamos con ellos, hay huelga de transportes, pero parece no importarles, diría que están enamorados. Otra pareja, en este caso de madrileños, con la que cenamos a la intemperie nos dice que hubo gente que tuvo que esperarse hasta 3 días. Esperando la comida en la terraza del hostal, vemos desde lo alto como, para nuestra sorpresa, arranca el autobús. Así que dejamos los refrescos, empezamos a correr y conseguimos pararlo y subir. Me siento en la parte posterior y al poco rato de la salida aparecen de golpe en el autobús unos críos que solicitan dinero por haber subido las mochilas al capó. El autobús para. Parece que hay algún problema. La gente no entiende nada de lo que pasa y los jóvenes vuelven a pedir dinero como si de unos guerrilleros se tratase por cobrar un rescate. Hay gente que les da algo, nosotros, y varios más, nos negamos sin hacerles el más mínimo caso. Cada poco rato hay controles debido a la huelga. Es el viaje en autobús más duro que he realizado en mi vida, desde las 14:00 hasta la 1:30 de la madrugada para recorrer sólo 200 Km. a través de unas carreteras más que lamentables. En algunos momentos los botes del vehículo son comparables a los de una feria de atracciones. El paisaje, por el contrario, es magnífico. De unas 5 personas sentadas que empezamos el recorrido en la parte posterior del bus, acabamos 8, apretadas a más no poder. Solo alguna pequeña parada de pocos minutos para comer rápidamente hace algo llevadero el viaje. Hubo algún momento del trayecto en el que, para estar más cómodo, saco parte de mi cuerpo al exterior hasta que otro rápido vehículo en dirección contraria pasa rozándonos y desisto.
Tras llegar a Katmandú con la espalda molida, cogemos sin pensar un taxi en dirección al primer alojamiento barato al que nos quieran llevar. La zona a la que nos acerca el taxista es demasiado céntrica (y cara), pero al estar tan rendidos no nos preocupa demasiado, sólo queremos tirarnos cuanto antes en la cama del hostal (3 $, unas 200 rupias nepalíes).
Al despertar placidamente y ya recompuestos nos percatamos de que nos hemos instalado en un agradable hostal, con un amplio jardín donde nos sirven el desayuno. Para visitar la ciudad a tu aire, lo mejor es alquilar una bicicleta (unas 150 rupias por un día entero). Así que empezamos a pedalear recorriendo Katmandú y tengo la sensación de que ya he estado aquí anteriormente, será por la televisión pienso, o quizás una reencarnación anterior, estamos en tierra de ellas. Nos dirigimos al templo de los monos. Hay que trepar unos cuantos cientos de escalones. Organizamos dos turnos para vigilar las bicicletas. Y eso que por aquí en ninguna tienda de alquiler te hacen dejar documentos: cosa rara. Llego a la cumbre algo cansado y me quedo perplejo ante tanta belleza, es realmente espectacular. Cúpulas doradas que te observan desde todos los ángulos a través de miles de ojos coloreados, las famosas stupas doradas adornadas con multitud de banderines multicolores. Alrededor del templo se encuentran pequeñas tiendas de artesanías muy sugerentes en las que dan ganas de comprar desde una máscara a una marioneta. Es otro momento de deleite para la cámara, a la que le doy un nuevo exceso de trabajo. Todo el templo está rodeado de monos y hay bosques en las laderas de la montaña. Desde lo alto se contemplan unas vistas generales de la capital, aunque el día no está del todo claro. Al coger la bicicleta para continuar la ruta, me saluda un anciano desde su pequeño comercio con un gran logo rojo, la famosa marca de bebidas también está en Nepal. Una señora pasa delante de mí junto a su crío, sujeto firmemente a la espalda y un grupo de señoras mueven con las manos los cilindros de oración. Circular en bicicleta por estas áreas requiere los cinco sentidos, se circula por la izquierda y los vehículos que pasan en dirección contraria lo hacen casi rozándote.
En Katmandú las tiendas son realmente grandes y se da mucha importancia a los deportes de aventura. Tiendas y tiendas, calle tras calle. En un comercio me hace gracia ver unos equipos de esquís, ¿habrá pistas? Creo que no.
Cenamos en una cadena de restaurantes muy reputada especializada en carnes. Por solo 200 rupias puedes digerir un gran plato de carnes variadas con patatas fritas. ¡Y qué ganas tenía de probar carne, tras más de 2 semanas en el olvido! Cenamos en compañía de un chico vietnamita-americano y su amigo canadiense. Tras la cena, vamos a tomar unas cervezas por el Katmandú nocturno, en uno de los muchos bares con terraza en lo alto de un edificio. Me da algo de rabia pagar la cerveza al mismo precio del gran plato de carnes. Me imagino como tuvo que ser la zona varias décadas atrás, en su máximo apogeo en el que los únicos turistas que venían eran jóvenes hippies para conocerse a sí mismos a golpe de talón. Acudimos a otro bar, la música que suena es rock comercial, dedicada a gringos que dejan sus dólares. Ponen incluso un tema de un cantante español, un tal Iglesias. La vida nocturna es sencilla, y sin gente local, solo extranjeros y más extranjeros. Al salir del ultimo pub se produce una pelea en medio de la calle entre pequeños camellos locales. Por la noche, las calles estás llenas de jóvenes ofreciéndote drogas (básicamente marihuana). Son jóvenes algo marginados y por el aspecto que tienen parece que más que vender sólo la consumen en exceso. Antes de despedir al nuestro dicharachero compañero vietnamita, pasamos por delante de una casa de masajes que parece conocer muy bien.
En el hostal organizan salidas para volar en avioneta al Everest. Preguntamos el precio por curiosidad (100 $). Al ver las fotos del folleto dan ganas de realizarlo, otra actividad más de las muchas que van pasando ante mis ojos sin que mi presupuesto pueda asimilarlas. Así que me voy a alquilar otra bicicleta, un medio de transporte más barato, y me voy en dirección a la plaza Durbar. Me paro en una plaza semiescondida entre pequeños callejones para ver a unos niños jugando a canicas, me recuerdan mi niñez. Fotografío a niños y más niños, es un tema recurrente y me estoy aficionando, sus expresiones son las más naturales. Uno de los pequeños retratados lleva maquillaje en los ojos, un símbolo de belleza, y viste un trajecito rojo a lo Santa Claus con un “Happy Birthday” bordado. La de calor que debe estar pasando, no entiendo como le visten tanto. Tras varias paradas más llego a la plaza Durbar. No sé si está permitida la entrada en bicicleta pero no parece que me pongan problemas por ello. Los templos son de arquitectura newarí, con altos escalones ascendentes para subir hasta la planta y con multitud de pequeñas esculturas. La plaza está rodeada de infinitos comercios destacando los de cuadros típicos de Nepal como los famosos tankas en los que se representa parte de la historia de Buda. Tienen motivos dorados y la pintura es muy minuciosa. Comparo precios en diferentes tiendas y son muy similares. En el exterior de una de las tiendas veo la bandera de España junto a la frase “Se habla español”: ¡Menudo reclamo!, en mi caso ha funcionado a la perfección. El comerciante, tras atender a otra visita, me hace sentar y me ofrece té para conversar . Diferentes tamaños, diseños, grabados. Le solicito un presupuesto para comprar varios a precio especial con la finalidad de venderlos en Australia. Me comenta que mucha gente lo hizo y le fue bien. No le creo pero da igual. En el interior de su mesa de cristal tiene multitud de fotografías de clientes, entre las que observo las del músico Gerard Quintana del grupo catalán Sopa de Cabra y algún alpinista español. Le digo que me decidiré al final del día y, sin mucha insistencia, se despide de mí. Comparo en varias tiendas más pero no encuentro nada mejor y me marcho.
Tirando millas a golpe de pedal me adentro en Patan, la segunda ciudad del valle de Katmandú. La magia que rodea su majestuosa plaza Durbar la hace uno de esos rincones especiales para el viajero. De aspecto más que sublime, es digna de ser el escenario para cualquier película de época. Descanso en el escalón de uno de los históricos templos y se me engancha un joven que me explica las labores artísticas de su hermano, maestro del arte de los tankas. Me pide que le acompañe a verlos a su tienda sin ningún compromiso. Ante la negativa empieza a explicar datos históricos con fechas y todo, aprendido de carretilla al más puro estilo de guía precoz . Por mi parte encantado, que me explique todo lo que quiera. Le digo más tarde que tengo que comer algo y me da la tarjeta de la tienda a la que espera que acuda más tarde.
Recorro la plaza y sus alrededores hasta que me pierdo, no sé cómo retornar a la plaza en la que tengo atada la bicicleta. Atravieso a pié campo abiertos, con multitud de trabajadores cosechando al fondo, como si de una bella estampa se tratara, e inicio la búsqueda de la plaza de la única forma que puedo: preguntando a todo el que se cruce conmigo. Para que uno se de cuenta de hasta dónde llega la amabilidad de las gentes de aquí sólo diré que al parar a un señor en su motocicleta para que me indicara, éste ya se ofrece encantado a llevarme directamente .
Tras comer algo y en espera de que me baje algo la comida acudo a la tienda de batiks pero sólo con el propósito de no estar más de 15 minutos, pues son expertos en enredar y sin darte cuenta te puede pasar una hora. Me empieza a sacar cuadros y cuadros pero son algo más caros que los vistos en otras tiendas. Le digo que me interesan para comentarlo a otra persona, con lo que aprovecho para sacar fotografías de los diseños. Me entero de algo peculiar que se puede contemplar en el templo de Jagannarayan, un templo de 2 plantas de ladrillo situado junto al Palacio Real, resulta que parte de las estatuas incrustadas en lo alto representan diferentes posturas del Kamasutra.
Empiezo el recorrido de vuelta hasta que llego a una enorme plaza en la que me desoriento y no sé regresar. Saco un pequeño mapa que cogí del hostal para preguntar calles y veo el letrero de un psiquiátrico frente a mí. Entro y veo a un grupo de personas en el jardín, sigo y me encuentro con el vigilante: trabajo para una revista de salud de España y me gustaría ver las instalaciones y los pacientes para realizar un reportaje. Sin ningún problema me hace firmar en un papel y me acompaña al interior. No me lo puedo creer. En Barcelona he tratado muchas veces entrar para hacer un reportaje y nunca lo he conseguido. En la primera habitación que veo hay 3 personas. Saco la cámara y empiezo a disparar a los huéspedes. Un chico se acerca y me comenta que el no está interno que solo ha venido a ver a su hermano. Le digo que no importa y le enseño las fotos en la pantalla. Acudo a otra habitación en la que hay una decena de pacientes, se ponen muy felices al verme y me hablan con evidentes signos de trastorno pero muy afablemente. Les disparo varias tomas aunque la luz del interior no es muy buena para retratos. Uno se echa a reír como un descosido al ver su foto en la pantalla. Otro esta triste y saco mi masajeador con el que le saco una sonrisa. Todos se ríen mucho al notar el masaje en la cabeza, me siento cada vez mejor más cómplice. Saco la impresora y les imprimo unas fotografías de grupo pero no me da para todos y le digo al gerente que las que falten las pago yo. Le doy unos 2 dólares en presencia de los pacientes para que lleve una de las copias impresas a una tienda y les hagan mas copias para el resto. Todos me acompañan a la salida, me cruzo con una interna con la cara desencajada y se suma al resto para despedirse de mí. Ha sido un momentos especial, realmente me he sentido persona, me he sentido humano y amigo. Espero que haya muchos más..Regreso feliz al centro, ahora estoy decidido a comprar algunos tankas. Resulta que el comerciante sabe algo de catalán por los clientes y empezamos la negociación.. Me baja algo los precios y le compro finalmente una docena a 6 $ la unidad. Y dos más de regalo. Me los envuelve en un tubo plastificado y me dice que el proceso por cada uno es de de unos 10 días. No sé si he hecho bien pero a mí por lo menos me gustan. Ahora volaron unos 70 dólares de golpe. Al regresar me encuentro al grupo en un café Internet. Me conecto también un rato en lo que fue otro día completísimo.

















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