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Hanoi

By sacasonrisas on 10/10/2006

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CAPÍTULO XIX
Hanoi: motos y más motos.


A la llegada a Hanoi una joven nos recomienda un alojamiento, de entre los varios por los que va parando el bus, y nos convence al primer vistazo. Sólo 3,5 $ por una habitación doble con televisión y una (minúscula) nevera, desayuno y todos los plátanos que puedas tomar (en un canastillo en la mesa de la recepción). Junto a la entrada del establecimiento hay 5 ordenadores con conexión a Internet sólo para huéspedes.

Una vez instalados damos un pequeño recorrido por la parte norte de la capital. Las calles están muy oscuras y desordenadas, es fácil perderse. La única iluminación nocturna es la luz de las motocicletas, auténticas reinas del paisaje urbano. Los motoristas usan paños en la boca y las moto taxis no paran de silbarte por si necesitas sus servicios. Los comercios permanecen aún abiertos. Mercancías de toda índole tiradas en la misma calle, en todas direcciones, haciendo incluso en algunos momentos que cruzar al otro lado se haga difícil.

El regreso al hotel tampoco es fácil, la tarjeta que tomé como guía es mas desorientativa que de ayuda. La letra de las indicaciones es minúscula y la gente no me sabe aconsejar. Estoy perdido y no tengo casi ningún punto de referencia, únicamente recuerdo un karaoke cercano al hotel. Lo bueno, dentro de todo, es que no he recorrido mucha distancia, muy lejos no puedo encontrarme. Sigo preguntando entre los viandantes pero sin ningún éxito. Se nota que la gente no sabe guiarse a través de un pequeño mapa. Tras más de 40 minutos buscando y buscando encuentro finalmente el hotel. No me acabo de creer lo que me ha ocurrido: esa falta de orientación no es propia de mí.

A la mañana siguiente doy una vuelta por el centro de Hanoi. Tomo un autobús y, tras dos paradas, bajo: hay un espectáculo en plena calle. Centenares y centenares de niños vestidos con uniformes de colores desfilan con paso militar ―brazos firmes y flexionados, paso a paso, y las espaldas erguidas al máximo―; son las celebraciones de los Sea Games. Se trata de una especie de Olimpiadas Asiáticas que este año se celebran en la ciudad. Me meto en medio del desfile, donde parece que no acceden los fotógrafos locales. Todos los críos están alegres y saltarines, engalanados con diferentes vestimentas en función de su edad. Las más pequeñas llevan trajes de danza. No paro de sacar instantáneas.

En contraposición al desfile, a un lado de la calle, sentado en el suelo, hay un niño vagabundo con la chaqueta hecha añicos y las manos inmensamente sucias. Uno de sus ojos parece estar morado. Me siento junto a él y le saludo. Parece extrañarse en cuanto le dirijo la palabra. Para hacerle ver que sólo pretendo ayudarle le convido a un cigarrillo biri. Sé que no está bien ofrecer cigarros a un joven pero anteriormente le vi buscando colillas por el suelo. Como era de esperar, se lo fuma encantado, algo asustado incluso. No me dirige palabra, aunque se le nota más calmado. Con la pinta que tiene, la verdad es que es normal que la gente no pase a su lado. Como no abre la boca, me propongo el reto de sacarle un sonido de sus labios. Le inserto el masajeador y emite un leve gemido con lo que ya me doy por satisfecho. Parece más calmado, así que le regalo una fotografía.

El desfile continúa con grupos de adolescentes portando pancartas con la imagen de Ho Chi Min, el líder revolucionario de las fuerzas del norte durante la guerra de Vietnam. Fallecido en 1969, es considerado un héroe nacional al que, cariñosamente, se le ha dado el apelativo de Tio Ho debido a la sencillez que le caracterizaba. Sus deseos de ser incinerado y soltar sus cenizas en lo alto de montes de la zona Norte, Centro y Sur del país no se vieron finalmente cumplidos y acabó embalsamado, al igual que Lenin, en el mausoleo de la plaza Ba Dinh, donde pronunció su histórico discurso del Día de la Independencia en 1945. Casi 60 años más tarde, cruzo la plaza y pienso en el poco encanto que tiene.

En las pancartas y panfletos que portan los pequeños, la imagen del ex-líder es siempre alegre, e incluso en alguna fotografía se le ve portando unas pequeñas pesas como símbolo deportivo y de salud.

Prosigo la marcha a pie y me adentro por estrechas callejuelas hasta toparme con una vía férrea en toda regla. Gesticulando, trato de preguntarle a un anciano, menudo y con una expresión simpática en el rostro, si todavía está en funcionamiento. Espero a que pase el tren cobijándome en la entrada de una pequeña casa, con las puertas abiertas. El estruendo producido por el enorme trasto de hierro me hace pensar en lo incómodo que debe ser vivir a un metro escaso de la vía del tren. De pronto, de la casa sale una chica. Charlamos. Se dirige a la universidad y tiene un rato libre, por lo que acordamos ir a tomar un café. Entramos en un local de lo más curioso. Es uno de esos establecimientos que sólo se conocen en compañía de un habitante de la zona. El local está situado en la segunda planta de un edificio por el que se entra a través de un pequeño comercio. Tiene adornos realmente bonitos y una atmósfera tranquila y clásica. Rodeados de pajareras, baldosas de época y una vistas realmente apacibles, aprovechamos para comer algo antes de que se marche a sus clases.

Después de comer marcho hacia el lago de la Espada Restituida, situado en pleno centro de Hanoi. Es un pequeño lago en medio de un coqueto parque, alrededor del cual gira la vida de la capital. En su lado norte, se encuentra el Teatro de Marionetas de Agua (en el que todos los turistas caen inevitablemente) y la zona antigua de la ciudad, con sus pequeñas calles llenas de tiendas en las que sólo se puede circular a pie, en bici o en cyclo, ese invento medio bici, medio taxi. Y en el lado opuesto (sur) del lago, comienza otra parte de la ciudad: la zona colonial, con los grandes edificios de estilo francés; donde se sitúan la mayor parte de las embajadas, hoteles y edificios oficiales. Dentro del lago hay una pequeña isla, a la que se accede por un puente de madera. Me quedo en el puente y aprovecho para comer algo rápido. La isla es muy pequeña, sólo cuenta con una pagoda y un pequeño mirador delante de ella. Allí es donde los habitantes de más edad se reúnen para jugar al ajedrez, un tipo de ajedrez algo diferente del que conocemos y, por lo que me dicen, bastante más complicado.

Junto a la pagoda se erige una tortuga de gran tamaño, y disecada, que fue pescada en el lago hace unos 50 años aproximadamente. La leyenda que da nombre a este lugar dice que un príncipe vietnamita perdió su espada en el lago y que una tortuga le ayudó a recuperarla para luchar contra sus enemigos. Por eso, cuando pescaron la tortuga, la disecaron, con la esperanza, quizás, de que se tratase de la misma tortuga. Parece ser que, en este país, a todo ser vivo que cruce la barrera de la historia o la leyenda le toca permanecer de cuerpo presente para el espectador por el resto de la existencia.

En el parque alrededor del lago hay mucha vida. Las familias se reúnen, los estudiantes andan sentados por los bancos charlando, algunos aprovechan para hacer footing, y, por las mañanas, unos poquitos se acercan a hacer taichi (al igual que en los otros 11 lagos de la ciudad)

En cualquier acto festivo el lago de la Espada Restituida es también el centro de las celebraciones, y aprovechan ese marco perfecto de la isla, en medio del agua, para lanzar fuegos artificiales que se ven por toda la ciudad.

Bordeando el lago se acerca a mí un pequeño vendedor de postales y se me ocurre proponerle un intercambio: dinero por información en vez de postales. La proposición que le planteo es que me acompañe a una agencia y que él pregunte los precios por ir a Halong Bay. En el hotel el precio era de 18$ y en la primera agencia a la que me lleva, el precio que ofrecen es de 13$. Me doy por satisfecho y le entrego un par de $ de recompensa. Igual le he dado una idea para ganarse unos dólares.

Quedo con el grupo para cenar y salir a tomar unas copas a un local llamado Lo Monaco, repleto de extranjeros. Muchos se suben a gritar y bailar encima de la mesa de billar de una forma desenfrenada, para justificar precisamente lo que yo personalmente evito: sentirme como si estuviese en mi propia casa. Me da autentica pena este tipo de diversión (repleto de camisetas con el logo verde de la cerveza nacional Saigon). Aunque sea sólo por llevar la contraria pido una Hue Beer.

Al día siguiente, en Hanoi se respira un aire especial debido al partido de fútbol, ese deporte con el que odiaba en parte pasar algunas tardes de domingo en mi ciudad. El partido que se va a disputar es Vietnam-Tailandia, para pasar a los cuartos de final del campeonato asiático. Esperando en el hotel mientras se juega el partido, aprovecho para conectarme a Internet ahora que no hay mucha gente. De repente, explota la euforia. La victoria de Vietnam hace que las calles empiecen a decorarse de miles y miles de motocicletas. Quedo con el grupo para más tarde, ya que no quiero perderme este hecho peculiar. Si la gente disfruta de la victoria yo disfruto, al menos, de retratarlo. Me sitúo junto al borde de una calle próxima al lago desde donde tomo cientos de fotografías de la alegre locura de la gente. Están todos realmente histéricos de emoción. Para que luego digan que por aquí no hay afición. Hasta la policía circula loca de alegría con las motos. Miles y miles de motos, algunas desplazándose a gran velocidad, y aumentando minuto a minuto. Me quedo por la zona a la espera de captar una toma especial, una de ésas que queda grabada en la retina. El mejor escenario para ver el acontecimiento es junto a un semáforo, así que me siento mientras se escuchan los motores rugiendo y los fanáticos gritos de sus amos ante la señal roja, en espera la bandera verde, como si de una carrera se tratase. Un par de horas de celebración callejera y ni una sola caída, como mucho algún leve golpe de una a otra.

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